Es
muy cierto que la concepción del otro
como igual no está muy clara sino hasta
el iusnaturalismo moderno o contractualista (voy
a poner entre paréntesis es este momento
el caso de Bartolomé de las Casas, a quien
pondremos como ejemplo de una concepción
igualitaria de la naturaleza humana). El padre
de esta teoría, el filósofo Thomas
Hobbes, consideraba que en el estado de naturaleza
todos los hombres son iguales entre sí.
Según Hobbes, todos los hombres han sido
hechos iguales por la naturaleza. No hay, como
decía Aristóteles, hombres que
por naturaleza están dispuestos para la
esclavitud y otros para mandar (que es la legitimación
natural del poder, es decir, ex natura).
Todos, pues, son iguales (incluso igualmente
libres). Hay diferencias, sin duda alguna, como
la fuerza física, pues hay hombres físicamente
más fuertes que otros, pero eso no impide
que el débil pueda matar al fuerte utilizando
su inteligencia o la ayuda de otro (Hobbes, 1980:
100; Cf. Buganza, 2005), pues ahí radica
una mayor igualdad entre los hombres (más
que en la fuerza física) como ya lo indicaba
Descartes al comienzo del Discurso del método:
“El buen sentido [razón] es la cosa
mejor repartida del mundo” (Descartes,
2001: 38). Esta igualdad es un rasgo general
de la filosofía de la modernidad. “No
hay ninguna huella de cualquier complejo de relaciones
orgánico-jerárquicas entre señor,
vasallo y siervo, entre maestro, artesano y aprendiz,
entre clérigos y laicos” (Klenner,
1999: 39). Hay, pues, una igualdad de inteligencia.
En el caso de Sepúlveda hay una premisa que logra sustentar afirmativamente la tesis de la conquista americana. Gómez-Muller llama a este principio el “Principio de complementariedad” que se da de lo inferior a lo superior, de lo imperfecto a lo perfecto. Lo primero se debe complementar con lo segundo. Siendo por naturaleza los indios incapaces de gobernarse a sí mismos, necesitan, para que haya armonía natural, de alguien que los mande que, evidentemente en el caso de Sepúlveda, son los europeos (Gómez-Muller, 2005: 23). El otro, el americano en este sentido, debe someterse al europeo para que no se rompa la armonía establecida por la naturaleza misma. Dice Sepúlveda:
Siendo por naturaleza siervos los hombres bárbaros, incultos e inhumanos, se niegan a admitir la dominación de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos; dominación que les traería grandísimas utilidades, siendo además cosa justa, por derecho natural, que la materia obedezca a la forma, el cuerpo al alma, el apetito a la razón, los brutos al hombre, la mujer al marido, los hijos al padre, lo imperfecto a lo perfecto, lo peor a lo mejor, para bien universal de todas las cosas. Este es el orden natural que la ley divina y eterna manda observar siempre. Y tal doctrina la han confirmado no solamente con la autoridad de Aristóteles, a quien todos los filósofos y teólogos más excelentes veneran como maestro de la justicia y de las demás virtudes morales y como sagacísimo intérprete de la naturaleza y de las leyes naturales, sino también con las palabras de Santo Tomás (Sepúlveda, 1986: 153).
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