El otro: YO
lunes, 25 de marzo de 2013
¿Cuáles
son las razones que da Sepúlveda para
considerar inferiores a los americanos? Desde
mi punto de vista, son tres las tesis que buscan
sustentar que el hombre americano, al ser inferior,
debe someterse al europeo. Estas tres tesis son
las siguientes:
1) desterrar el abominable crimen
de los sacrificios humanos, que más que
un culto a Dios parece un culto al demonio;
2)
salvar a los mortales inocentes que pueden caer
en las garras del sacrificio humano; y
3) la
propagación de la fe cristiana, lo cual
implica que si se hace la guerra a los indios,
facilita la tarea de los misioneros (Todorov,
2003: 165).
Esto da como resultado que los indios
son por naturaleza esclavos, están configurados
para obedecer a otros, en este caso a los europeos.
Todorov considera
que estos cuatro postulados son juicios descriptivos
(para distinguirlos de los valorativos) sobre
la naturaleza de los indios. Sin embargo, hay
otro juicio implícito en aquellos cuatro,
el cual es un “postulado-descripción”.
Desde la interpretación de Todorov, esta
prescripción es la siguiente: El europeo,
en este caso, tiene el deber (y el derecho) de
imponer el bien al otro (Todorov, 2003: 165-166).
Claro que esto implicaría que quien tiene
el derecho y el deber de imponer el bien es porque,
de antemano, tiene el bien. Pero, estrictamente
hablando, ¿cómo saber si uno es
portador del bien? ¿Sobre qué se
basa para asegurarlo? ¿No será,
de manera más exacta, que se quiere imponer
lo que se cree es un bien, sin considerar el
bien del otro?
El otro, como
resulta evidente después de esta exposición,
es visto como un ente inferior, como alguien
que debe ser sometido, para que el orden o armonía
de la naturaleza se mantenga como debe ser. Ahora
bien, Rodríguez Villafuerte introduce
el problema de la “paternidad del descubrimiento”.
Lo plantea en estos términos: “Pareciera
que la existencia del otro dependiera de que
se le haya descubierto, y quien lo descubre se
adjudica la paternidad no sólo del descubrimiento,
sino de todo aquello que trajo consigo”
(Rodríguez, 2001: 146). ¿Qué
es eso del derecho al descubrimiento? ¿Quién
lo da o lo brinda? La respuesta parece ir en
el sentido eclesiástico, como es el caso
de la bula del papa Alejandro VI.
En aquellos tiempos todavía no era tan
clara la distinción entre el poder de
la religión y el poder civil. En un estado
laico las normas que dicta la religión
necesitan de la previa aceptación de éstas,
es decir, sólo si se aceptan estas reglas
entonces el individuo se somete a ellas; en cambio,
las reglas civiles no están sujetas a
aprobación o desaprobación de los
individuos (desde una perspectiva roussoliana,
los individuos son los que dictan las propias
normas), y es legítimo un gobierno que
sea aceptado por los súbditos. Desde estas
premisas, la religión no puede ni debe
brindar bulas o derrocar a un pueblo legítimo
que cuenta con sus propias instituciones gubernamentales.
El otro como inferior
Es
muy cierto que la concepción del otro
como igual no está muy clara sino hasta
el iusnaturalismo moderno o contractualista (voy
a poner entre paréntesis es este momento
el caso de Bartolomé de las Casas, a quien
pondremos como ejemplo de una concepción
igualitaria de la naturaleza humana). El padre
de esta teoría, el filósofo Thomas
Hobbes, consideraba que en el estado de naturaleza
todos los hombres son iguales entre sí.
Según Hobbes, todos los hombres han sido
hechos iguales por la naturaleza. No hay, como
decía Aristóteles, hombres que
por naturaleza están dispuestos para la
esclavitud y otros para mandar (que es la legitimación
natural del poder, es decir, ex natura).
Todos, pues, son iguales (incluso igualmente
libres). Hay diferencias, sin duda alguna, como
la fuerza física, pues hay hombres físicamente
más fuertes que otros, pero eso no impide
que el débil pueda matar al fuerte utilizando
su inteligencia o la ayuda de otro (Hobbes, 1980:
100; Cf. Buganza, 2005), pues ahí radica
una mayor igualdad entre los hombres (más
que en la fuerza física) como ya lo indicaba
Descartes al comienzo del Discurso del método:
“El buen sentido [razón] es la cosa
mejor repartida del mundo” (Descartes,
2001: 38). Esta igualdad es un rasgo general
de la filosofía de la modernidad. “No
hay ninguna huella de cualquier complejo de relaciones
orgánico-jerárquicas entre señor,
vasallo y siervo, entre maestro, artesano y aprendiz,
entre clérigos y laicos” (Klenner,
1999: 39). Hay, pues, una igualdad de inteligencia.
En el caso de Sepúlveda hay una premisa que logra sustentar afirmativamente la tesis de la conquista americana. Gómez-Muller llama a este principio el “Principio de complementariedad” que se da de lo inferior a lo superior, de lo imperfecto a lo perfecto. Lo primero se debe complementar con lo segundo. Siendo por naturaleza los indios incapaces de gobernarse a sí mismos, necesitan, para que haya armonía natural, de alguien que los mande que, evidentemente en el caso de Sepúlveda, son los europeos (Gómez-Muller, 2005: 23). El otro, el americano en este sentido, debe someterse al europeo para que no se rompa la armonía establecida por la naturaleza misma. Dice Sepúlveda:
Siendo por naturaleza siervos los hombres bárbaros, incultos e inhumanos, se niegan a admitir la dominación de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos; dominación que les traería grandísimas utilidades, siendo además cosa justa, por derecho natural, que la materia obedezca a la forma, el cuerpo al alma, el apetito a la razón, los brutos al hombre, la mujer al marido, los hijos al padre, lo imperfecto a lo perfecto, lo peor a lo mejor, para bien universal de todas las cosas. Este es el orden natural que la ley divina y eterna manda observar siempre. Y tal doctrina la han confirmado no solamente con la autoridad de Aristóteles, a quien todos los filósofos y teólogos más excelentes veneran como maestro de la justicia y de las demás virtudes morales y como sagacísimo intérprete de la naturaleza y de las leyes naturales, sino también con las palabras de Santo Tomás (Sepúlveda, 1986: 153).
El tema de la identidad es un tópico del debate académico y político en la actualidad mundial.
La búsqueda de esencias, de núcleos duros que contengan los elementos
constitutivos del ser ha sido un eje de la doctrina positivista que ha
influido fuertemente en el concepto de identidad, particularmente en
antropología. Sus secuelas se dejan sentir en el actual debate teórico,
ideológico y político sobre
las identidades étnicas, nacionales y cosmopolitas en el mundo entero.
Identidad se ha definido con frecuencia en términos de la mismidad, de
lo que es igual a sí mismo. Es una visión egocéntrica y excluyente, muy
difundida en el pensamiento moderno. Mediante esta abstracción se separa
el objeto del entorno, de sus múltiples contextos de sentido, para
definirlo en su singularidad. La alteridad es entonces vista como un
no-yo, como lo absolutamente ajeno, externo, o como un referente de
contraste u oposición respecto al yo.
Este binarismo entre ego y alter impide ver que el ser es resultado
de una compleja interacción entre ambos. No se puede ser sin el otro. De
allí la necesidad de repensar la identidad como un fenómeno social,
resultado de las relaciones del ser consigo mismo y con otros. Puede
imaginarse como una lente
que conjuga haces de luz de las relaciones internas del sujeto, con las
que éste mantiene con otros sujetos, con la alteridad en un sentido más
amplio. El punto es, pues, que el problema de la identidad no puede
entenderse a cabalidad sin el reconocimiento pleno de la alteridad como
un factor constitutivo. El otro
precede al yo, lo alimenta e instruye, y lo acompaña toda la vida. Se
debe entonces reconocer que la función del otro en la construcción
identitaria no se reduce a la oposición y el contraste, aunque pueda ser
ésta una de sus funciones primarias.
En este ensayo busco avanzar hacia un entendimiento del fenómeno de
la identidad social, indagando en las ideas del filósofo ruso Mijaíl
Bajtín. Se plantea la identidad del sujeto como un fenómeno dialógico,
en el que el otro es parte constitutiva del ser. La identidad del sujeto
se forma y transforma en un continuo diálogo entre el sí mismo y el
otro.
José Alejos García
Universidad Nacional Autónoma de MéxicoConstrución del Yo:
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